La virtud menos apreciada
Si pudiera usted elegir una cualidad o un rasgo elogiable por el que le gustaría ser conocido, ¿cuál sería? Como cristianos, deseamos caracterizarnos por virtudes como: honestidad, integridad, excelencia moral, fidelidad o compasión, pero ¿cuántos aspiramos ser humildes?
El propósito de la humildad es vernos como Dios nos ve, y aceptar cualquier posición que Él tenga para nosotros. Una actitud humilde es una cualidad interna del alma que Dios produce en sus hijos por el poder del Espíritu Santo.
Con frecuencia se piensa que la humildad equivale a debilidad y cobardía, pero en realidad no describiríamos a Jesucristo como débil; Él dice: “Soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29), la humildad es esencial para la salvación. Todos los que en verdad han sido salvos, han venido a Dios con un espíritu arrepentido, confesando que son pecadores necesitados de perdón.
Jesucristo, nuestro mayor ejemplo de humildad
El apóstol Pablo nos exorta: “No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús” (Filipenses 2:3-5).
Al examinar la actitud de Cristo, aprendemos cómo es la verdadera humildad, y cómo nosotros también podemos aprender a andar en humildad ante Dios:
• Jesucristo “Se despojó a sí mismo” (Filipenses 2:7). No renunció a su divinidad, encubrió su majestad y su gloria, y de forma voluntaria limitó el uso de sus prerrogativas y privilegios divinos (Filipenses 2:6). Nuestro Salvador eligió vivir en obediencia a la voluntad del Padre, con la plena dependencia del poder del Espíritu.
• Fue “hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). El gobernante soberano del universo vino a la Tierra con un cuerpo y naturaleza humana, pero sin pecado; dependiente por completo del cuidado de los demás. Nadie podía decir, al mirar su apariencia externa, que Dios había venido a vivir en medio de la humanidad.
• Tomó la “forma de siervo” (Filipenses 2:7). Bajar del cielo para convertirse en hombre fue una gran condescendencia, el Hijo de Dios no vino como rey ni gobernante, sino como una persona común. Jesús dijo a sus discípulos que no había venido para ser servido sino para servir (Marcos 10:45), y demostró esto lavándoles los pies (Juan 13:3-5).
• Jesucristo “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte” (Filipenses 2:8). Cristo fue obediente a su Padre celestial, y su acto supremo de obediencia requirió morir por los pecados del mundo (1 Pedro 3:18). La muerte de Jesús en la cruz fue la humillación suprema, sufrió las consecuencias del pecado por amor a la humanidad.
La humildad es lo que Dios desea de nosotros
El Señor nos ha declarado la actitud que debemos tener si queremos seguirle fielmente, Él quiere desarrollar una humildad como la de Cristo en nosotros, esto significa que tendremos que hacernos una autoevaluación sincera, y pedirle que nos haga ver cuáles son nuestras actitudes de orgullo. Quizás descubramos ciertos aspectos que no nos gusten, pero Aquel que nos los revela tiene el poder de transformarnos.
Al mirar el ejemplo que Cristo nos ha dado, debemos considerar si estamos a la altura de su actitud de humildad, preguntándonos: ¿Me aferro con afán a mis derechos, privilegios, deseos o actitudes? ¿Estoy dispuesto a vaciarme de todo esto, y dejarlo a un lado por obediencia a Dios? ¿Me detengo a pensar en lo que puedo hacer para servir a los demás, o solo busco mi propio interés?
La grandeza comienza con la humildad
Nadie se ha humillado a sí mismo más que Jesucristo, y por esta razón “Dios le exaltó hasta lo sumo, y le dio el nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla” (Filipenses 2:9,10). Cuando los discípulos del Señor argumentaban sobre cuál de ellos era el más importante, Él les dijo: “El que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor” (Mateo 20:26).
Dios está mucho más interesado en nuestra humildad, que en las grandes obras que podamos hacer para Él.
Nuestro propósito debe ser colocarnos bajo la mano poderosa de Dios, y confiar en Él “para que nos exalte cuando fuere tiempo” (1 Pedro 5:6). A semejanza de Cristo, no veremos la exaltación hasta que lleguemos al cielo, pero cuando al fin estemos delante de nuestro Padre celestial, qué gozo será escucharle decir: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:23).
Charles F. Stanley
Tomado de: www.encontactoglobal.org