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Febrero, 2026

El juicio comienza por
LA CASA DE DIOS

Dios nos juzga según la medida de revelación que hayamos recibido. Jesús dijo a los judíos de su época que su juicio sería mucho más severo que el de Sodoma y Gomorra, ya que habían recibido una revelación de la verdad mucho mayor (Mateo 11:20–24).

Muchos creyentes no se dan cuenta de que el juicio de Dios no comienza por las personas del mundo, sino por el pueblo de Dios. Pedro dijo a los cristianos de su época:

Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? 1 Pedro 4:17

Estas palabras se aplican igualmente a la iglesia hoy en día. De todos los pecados que se le pudieran atribuir a la iglesia contemporánea, basta con destacar dos de ellos: el materialismo y el transigir los principios bíblicos.

El problema del materialismo

En Lucas 17:26-30, Jesús predijo que el período anterior a Su venida sería como los días de Noé y de Lot. Jesús mencionó ocho actividades específicas que caracterizarían este período: comer, beber, casarse, dar en casamiento, comprar, vender, edificar y plantar. Sin embargo, ninguna de estas actividades en sí es pecado. Entonces, ¿cuál era el problema?

El problema era el materialismo. La gente de esa época se había envuelto tanto en estas actividades materialistas que estaba inconsciente del juicio inminente de Dios a causa de su manera de vivir carnal. Cuando vino el juicio, estaban totalmente desprevenidos. Podría decirse lo mismo hoy día de la mayoría de los que profesan ser cristianos.

Transigiendo los principios bíblicos

En la iglesia de hoy, la mayoría de las verdades morales y doctrinales que el Nuevo Testamento expone con tanta claridad han perdido su nitidez y efectividad. Pablo escribió:

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. 1 Corintios 6:9-10

Sin embargo, la iglesia de hoy está llena de personas que cometen estos pecados sin sentirse culpables en lo más mínimo. De hecho, a menudo se jactan de cometerlos.

En cierta ocasión, un miembro de una iglesia estaba en el hospital muriéndose de SIDA, el cual había adquirido al practicar la homosexualidad. Posteriormente recibió a Cristo y un Nuevo Testamento. Después de haber leído una parte del Nuevo Testamento, le envió un mensaje urgente a la persona que lo había llevado a los pies de Cristo, diciendo: “Ven a orar por mí, no sabía que mi manera de vivir no era la correcta”.

Se les predica un cristianismo donde no tiene cabida la cruz, la cual exige humildad, santidad y una vida de sacrificio. ¡Qué terrible es advertir que las personas que han sido seducidas por una presentación tal quizá nunca lleguen a oír el evangelio verdadero! Sin embargo, todavía existe dentro de la iglesia un remanente de creyentes consagrados que siguen a Jesús de todo corazón. Si somos parte de este grupo de personas, ¿cómo exige Dios que respondamos ante la crisis actual?

La humildad verdadera

Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. 2 Crónicas 7:14

Aquí se nos da una respuesta clara, la frase “mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado” incluye a todos los cristianos que invocan el nombre de Cristo sobre ellos. En nuestros días, el pueblo de Dios nunca ha cumplido con la primera condición.

Nunca nos hemos humillado de verdad ante Dios, nuestro orgullo sigue siendo una barrera que nos impide recibir la respuesta a nuestras oraciones por nosotros mismos y por nuestra nación.

Mediante el trato riguroso de Dios en nuestras vidas, podemos descubrir la manera más eficaz de humillarnos. Es muy sencillo: consiste en confesar nuestros pecados. Si confesamos nuestros propios pecados a Dios de manera regular y específica, es imposible acercarnos a Él con una actitud de orgullo.

Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. 1 Juan 1:9

Además, Dios solo se ha comprometido a perdonar los pecados que confesamos. Los pecados no confesados son pecados que no han sido perdonados. Así que la barrera del orgullo edifica una segunda barrera de pecado no perdonado.

Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. Santiago 5:16

La Biblia nos exhorta a confesar nuestros pecados no solamente a Dios, sino también los unos a los otros. El confesar nuestros pecados a Dios elimina el orgullo en cuanto al Ser Supremo; el confesarlos a otros elimina el orgullo en cuanto a nuestros semejantes. Es difícil tener una actitud de orgullo hacia alguien a quien acabamos de confesar nuestros pecados personales.

Dios está esperando que, como creyentes, nos humillemos ante Él y ante nuestros hermanos, confesando nuestros pecados. Solo después de hacer esto podremos dar el próximo paso y reclamar la sanidad de nuestra tierra.

Pero hay una advertencia: ¡no se entregue a la introspección de una manera malsana! El Espíritu Santo es “el dedo de Dios” (Mateo 12:28; Lucas 11:20). Pídale a Dios que señale con Su dedo los pecados que necesita confesar. Él lo hará con una exactitud infalible, ¡y es probable que traiga a la luz pecados que usted jamás había reconocido!

Derek Prince

Tomado de: www.ministeriosderekprince.org